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Seleccion y recuperación de los datos
El agua en México y el mundo
ALEJANDROTOLEDO
INTRODUCCIÓN
Las
aguas dulces del mundo constituyen un recurso escaso, amenazado y en peligro.
De acuerdo con los estudios sobre los balances hídricos del planeta solamente
el 0.007% de las aguas dulces se encuentran realmente disponibles a todos los
usos humanos directos. De esta pequeñísima porción dependen procesos sociales
vitales. Las más recientes evaluaciones de los especialistas y organizaciones
internacionales conectadas con los problemas del agua, sugieren que para el año
2025 más de las dos terceras partes de la humanidad sufrirá algún estrés por la
falta de este líquido (L’vovichel al.1995,Simonovic 1999).
Por eso se impone, al inicio
del tercer milenio, como la primera gran tarea para científicos, planificadores
y políticos conectados con los problemas del manejo de los recursos hídricos,
una reflexión sobre el paradigma del agua que se ha consolidado en el mundo en
los últimos cien años, para poner en el balance sus logros y limitaciones. Se
trata de un esfuerzo por repensar este paradigma a la luz de los grandes
problemas que confronta la vida en el planeta ante el agotamiento y el
deterioro de sus recursos hídricos.
LOS RECURSOS
ACUÁTICOS DEL MUNDO
De los aproximadamente 113,00 km3 de agua que se precipitan cada año
sobre la Tierra en el ciclo hidrológico, cerca de 71,000 km se evaporan y
retornan a la atmósfera, el resto, unos 42,000 km3, recargan los acuíferos o
retornan a los océanos por la vía de los ríos.
Constituyen los recursos acuáticos renovables,
las aguas dulces del planeta. Sin embargo, los volúmenes realmente disponibles
de estos recursos sólo se estiman entre 9,000 a 14,000 km3. Y lo que es más: un
monto sustancial, aproximadamente el 70%, es necesario para sostener los
ecosistemas terrestres, lo que reduce a un 30%, unos 4,200 km3, las disponibilidades
reales para todos los usos humanos directos. Si este volumen se divide entre
los 6,000 millones de seres humanos que pueblan la Tierra, a cada persona le corresponderían
unos 700 km3al año. Sin embargo, los recursos acuáticos del planeta varían considerablemente en espacio y tiempo.
La mayor parte de estos recursos se ubican en Asia y Sudamérica (13,500 y
12,000 km3por año, respectivamente) y los montos
menores se encuentran en Europa, Australia y Oceanía (2,900 y 2,400km3 por
año, respectivamente). Pero las posibilidades
de utilizar estos recursos acuáticos están determinadas no solamente por su
disponibilidad sino también, y especialmente, por su variabilidad a lo
largo del año. La mayoría de los recursos de agua dulce del planeta se
concentran en sólo seis países: Brasil, Rusia, Canadá, EE.UU., China e India.
Más del 40% de los ríos del mundo se concentran en estos países
El mayor de ellos, el Amazonas,
contribuye con el 16% de los montos totales descargados por los ríos del
planeta. El 27% de las aguas dulces de la Tierra corresponden a los aportes de
cinco grandes cuencas de aguas: Amazonas, Ganges-Bramaputra, Congo, Yantzé y
Orinoco. Los ríos con flujos promedios superiores a los 100 km3por año
concentran el 46% delos recursos de agua dulce de la Tierra. Pero estos flujos
son estacionales. Cerca del 45-55% tienen lugar en los periodos lluviosos del
año. La cantidad de recursos acuáticos en los continentes varía de acuerdo con
las estaciones del año. Por ejemplo: la mayor parte de los flujos en los ríos de Europa ocurren entre abril
y julio (46%), en Asia, durante junio y octubre (54%), en África en
septiembre-diciembre (44%), Sudamérica durante abril-julio (45%) y Australia y Oceanía
durante enero-abril (46%). En promedio cerca del 46% del total global de las
descargas de los ríos ocurren entre mayo y agosto (Shiklomanov 2000).
La realidad es que la distribución del
agua dulce es desigual entre las regiones naturales y económicas del planeta.
Cerca del 75% de la población humana se concentra en países y regiones donde
sólo existe el 20% de las disponibilidades de agua. Por el acelerado deterioro
de los recursos acuáticos esta situación empeorará en el futuro próximo.
Se espera, en efecto, que hacia el
2025, el 80% de la población de la Tierra viva bajo condiciones de alta y muy alta
escasez de recursos hídricos. Para esa época, una tercera parte de la población
vivirá en situaciones consideradas como altamente catastróficas
Por la falta de agua. Por ello resulta
claro que durante una buena parte del siglo XXI los problemas vinculados con la
disponibilidad de agua seguirán estando a la cabeza de
Los temas críticos para la
supervivencia humana, de la producción de energía y alimentos.
EL PARADIGMA ACTUAL
DEL AGUA: ECOLÓGICAY SOCIALMENTE INSOSTENIBLE
La distribución del agua dulce sobre la
superficie de la Tierra ha cambiado notablemente como resultado de los esfuerzos
directos del hombre para manejarla.
Estas alteraciones se acentuaron
conforme la humanidad se urbaniza y también como resultado del impuesto por la
revolución agrícola de los últimos decenios. Las principales acciones directas
se iniciaron con la manipulación de los flujos de los grandes ríos, las presas
de almacenamiento, el drenaje de los humedales, el transporte del agua a los
centros urbanos, la explotación de los acuíferos y la irrigación de tierras
agrícolas. La navegación, la agricultura, la industria, la generación de
energía y los usos domésticos han sido en esta fase de la historia humana, las principales
actividades económicas que dependen directamente del agua. Estas actividades
antropogénicas han terminado por modificar los flujos de agua dulce de los
principales ríos del mundo, cambiando sensiblemente las tasas de evaporación y
la calidad de las aguas por el incremento sustancial de los desechos tóxicos
(L’ vovichel al.1995).
La irrigación ha sido con mucho el
mayor consumidor de agua en el mundo: Cerca de 69% (lo que corresponde a unos
483 m3 por persona al año); le sigue la industria con aproximadamente el 23%,
equivalente a 161 m3 persona/año, y solamente el 8% del agua dulce se encuentra
disponible para los usos domésticos, lo que representa unos 56 m3/ persona/año, equivalente
a 153 litros por persona al día.
Las consecuencias biológicas de estas
formas de consumo no han sido completamente cuantificadas, pero tienen que ver con los
cambios de los ecosistemas fluviales a lagos artificiales, con la conversión de
ecosistemas de zonas áridas y semiáridas en tierras para irrigación en más 250
000 km2 y con el hecho de que más de 150, 000 km2 de humedad les han sido drenados
y canalizados en diferentes costas en el mundo, todo ello junto con el
persistente deterioro de la calidad de las aguas dulces de la Tierra.
El
hecho es que bajo las pautas económicas de nuestra actual civilización
industrial, las actividades productivas
han magnificado los efectos adversos de la desigual distribución de los
recursos acuáticos en el mundo (Perry et al. 1997, 1999). Los patrones actuales
de usos humanos del agua están ampliamente basados en las experiencias de los
países de climas templados que no confrontan los grandes problemas de escasez
de agua en el mundo. Estos patrones y sus correspondientes soluciones
tecnológicas integran un paradigma de manejo que se propone como universalmente
válido (Niemczynowicz 2000).
La aplicación de esta perspectiva ha
significado progresos indudables en la solución de algunos problemas en un número
reducido de países ricos, pero también, debido a sus altos costos y a la
necesidad de los avanzados conocimientos tecnológicos que implica, ha frenado
el progreso y causado la degradación ambiental de países donde los recursos son
escasos. Tal paradigma impulsado desde las sociedades industrializadas ha
modificado dramáticamente el ciclo del agua a través de espectaculares
proyectos de ingeniería para el control de los flujos, la generación de hidroelectricidad,
de agua para irrigación y para los usos domésticos e industriales (Gleick
1998,1999-2000 a y b).
En el marco de este paradigma, tres
factores han controlado la planificación y el manejo del agua en los últimos
100 años: a) el crecimiento de la población mundial; b) los cambios en los
estándares de vida que conlleva la urbanización de la población y c) la
expansión de la agricultura irrigada. Entre 1900 y el año 2000 la población del
mundo pasó de 1,600 a 6,000 millones de seres humanos. En este lapso, el porcentaje
de población urbana se incrementó de 13.6% en 1900 a cerca de 60% en el año
2000, y la tierra bajo irrigación se elevó de 50 a 267 millones de hectáreas. La
planificación hidráulica se basó en las proyecciones de la población, de la
demanda per cápita de agua para satisfacer las necesidades de una
población crecientemente urbana y la de los insumos de las actividades
económicas: todas ellas, variables en continua expansión en la civilización
industrial contemporánea. Los problemas de manejo de los recursos hídricos se
transformaron bajo este paradigma en un mero ejercicio de cómo hacer frente a
las demandas crecientes de estos recursos, cómo cerrar la brecha siempre en
aumento entre demandas en continua expansión y ofertas limitadas. Todas las soluciones
se enfocaron
por el lado de la oferta: se asumió que
los déficits podrían siempre satisfacerse tomando del ciclo hidrológico el agua
necesaria mediante cada vez más sofisticadas infraestructuras físicas (presas,
acueductos y sistemas de transferencias entre regiones hidrológicas).
Sin duda, bajo este paradigma se
resolvieron algunos problemas. La producción de alimentos en algunos países
industrializados de Europa y en los Estados Unidos de América superó espectacularmente al crecimiento de sus poblaciones.
La hidroelectricidad hizo contribuciones valiosas a la disminución de los
efectos de los gases de efecto invernadero derivados del uso de combustibles
fósiles. Las ofertas de agua de alta calidad eliminaron las enfermedades de
origen hídrico en Europa y los Estados Unidos prácticamente desde principios
del siglo pasado. Pero esta manera de resolverlos problemas se apoyó siempre en
cuantiosas inversiones y en tecnologías altamente sofisticadas, no disponibles
para la mayoría de las naciones pobres del mundo. Por ejemplo: se estima que
los EE.UU. tuvieron que invertir durante el siglo pasado algo así como 400
billones de dólares en sus grandes proyectos de ingeniería hidráulica. El monto
de inversiones que fueron necesarias para reproducir este paradigma en el mundo
fue todavía mayor. Pero el hecho es que los costos de este modelo están lejos
de ser puramente económicos.
La destrucción de ecosistemas, la
desaparición de la faz de la Tierra de miles de especies florísticas y faunísticas
sepultadas bajo los vasos de las más de 40 mil presas construidas en el mundo,
la dislocación de poblaciones humanas, la inundación de sitios de importancia
cultural, la perturbación de procesos sedimentarios y la contaminación de los
recursos hídricos han sido, entre otros, los costos que hay que cargar al paradigma
de manejo del agua que ha prevalecido en el último siglo.
Este paradigma ha demostrado ser
ecológica, económica y socialmente insostenible y debe cambiar el bien de la humanidad
y de la vida sobre la Tierra. Las soluciones que se ofrecen a los problemas vinculados
con los diferentes usos del agua no garantizan la sostenibilidad de los
recursos acuáticos de la Tierra. Así nos lo hacen ver sus diferentes estilos de
consumo y su ignorancia de los montos necesarios para cubrir los diferentes
servicios ambientales de los ecosistemas
sustentadores de la vida.
Tres problemas críticos enfrentan en la
actualidad este paradigma en términos de su incapacidad para enfrentar exitosamente
los grandes problemas de la humanidad. A continuación analizaremos cada uno de
ellos.
PRIMERO:
LOS USOS DOMÉSTICOS DEL AGUA
A principios del siglo XIX, la
población que vivía en las ciudades era aproximadamente de 29 millones habitantes, lo que representaba un
escaso 3% de la población mundial.
Hacia fines del siglo XX, esta población citadina ya se acercaba a los 2, 500 millones,
y representaba casi el 50% de la población
mundial.
Este dramático proceso de urbanización
se reflejó en tres clases de presiones sobre las aguas dulces: el incremento de
las aguas superficiales requeridas para satisfacer las necesidades de la población urbana, el aumento de las aguas de
desechos y el decremento de las aguas subterráneas. Durante los últimos 300
años los usos municipales del agua en el mundo se han incrementado 40 veces. En
tanto que entre 1900 y 1995 estos usos se han
incrementado por un factor de seis, esto es, más del doble del crecimiento
de la población mundial (WMO 1998). En
Este último periodo, el volumen de aguas residuales
pasó de 7 km3a 100 km3
.
A pesar de los avances tecnológicos de
la infraestructura hidráulica, cerca de 1.2 billones de seres humanos no tienen
hoy acceso a agua limpia. La contaminación del vital líquido es responsable de
la muerte de cerca de 25 millones de seres humanos en todo el mundo, entre
ellos unos siete millones de niños.
No obstante los esfuerzos hechos
durante las últimas dos décadas, se anticipa que para el año 2005 estos déficits
ascenderán a 43.3 % de la población humana (Appan 1999).
Cálculos más optimistas consideran que
si se logran atenuar las tendencias del crecimiento demográfico hacia el año
2050 “solamente” del 25 al 40% de la población padecerá de una aguda escasez de
agua potable (Milburn 1996).
Los métodos pro puestos por el paradigma dominante del agua para afrontar el rápido
crecimiento de las necesidades humanas, especialmente en las áreas urbanas del mundo,
han sido costosos e ineficientes. A ello se
debe que los problemas en torno del agua seguirán siendo los mayores
obstáculos para el desarrollo sostenible de la sociedad humana por varias
décadas más, según la Asociación Internacional de Recursos Acuáticos
(Niemczynowicz 1997, 2000).
SEGUNDO: EL AGUA
PARA LA AGRICULTURA
Al fin del siglo XVII, las áreas
irrigadas en el mundo solamente representaban el 2% de la extensión presente y
básicamente se concentraban en el sureste, el oriente y el centro del continente
asiático; en el delta del río Nilo, en África, y en pequeñas porciones del continente
americano. Durante el siglo XVIII estas áreas crecieron a tasas del 2% anual.
Pero fue hasta mediados del siglo XX, con la revolución tecnológica conocida
como “revolución verde”, que las áreas irrigadas se incrementaron exponencialmente.
En el último medio siglo, la tasa media anual de crecimiento de las superficies
irrigadas aumentó dos a tres veces.
Para fines del siglo ya existían 2.5
millones de km2 de este tipo de área en el mundo: 170mil km2 en Europa; 1.8
millones de km2, en Asia; 90 mil km2, en África; 275 mil km2
, en Norteamérica; 67 mil km2, en
Sudamérica y 17 mil km 2 en Australia y Oceanía.
Los problemas que enfrenta actualmente
la agricultura irrigada figura entre las mayores dificultades que sufre la
humanidad a nivel global. Hoy se acumulan las evidencias que demuestran que
esta clase de agricultura tiene límites ecológicos y no puede enfrentar
exitosamente las necesidades crecientes de producción de alimentos porque las
disponibilidades de agua se han convertido en un claro factor limitante de sus líneas
tecnológicas, especialmente en algunas áreas pobres del mundo afectadas por la
carencia de agua.
Una gran cantidad de análisis
realizados en diferentes contextos ecológicos y sociales corroboran que la
eficiencia en el uso del agua en la agricultura de riego es solamente de 40%
(Postel 1997), lo que significa que más de la mitad del agua que se emplea en esta
clase de agricultura jamás llega a transformarse en alguna clase de alimentos.
Desde la perspectiva de sus costos energéticos, la eficiencia global de la
irrigación en muchas cuencas del mundo no es sensiblemente mayor que las
tecnologías empleadas por la agricultura
tradicional. Es más: en muchos casos esta agricultura mecanizada ha demostrado
ser mucho menos eficiente energéticamente que la agricultura tradicional, como
son los casos de las tecnologías adecuadas en las montañas andinas, en las montañas
y las planicies de inundación centroamericanas y en los valles centrales
mexicanos. A esto habría que agregarle otros factores desfavorables para la
agricultura industrializada como las pérdidas en la cosecha, el transporte y la
comercialización, que ascienden al
20% de la producción en esta clase de
agricultura.
La agricultura irrigada ha sido particularmente
beneficiada con una política de subsidios de agua y otros insumos (fertilizantes,
maquinaria, semillas mejoradas, asistencia técnica, etc.). En las décadas en
las que esta agricultura ha dominado el panorama agrícola mundial, los
extremadamente bajos precios del agua y de los insumos han alentado cultivos
que son altamente intensivos en el uso de agua y energéticamente dispendiosos,
pero de mayores rendimientos económicos. Es el caso de las hortalizas, el
arroz, los frutales, las materias primas industriales y los cultivos
forrajeros. Estas distorsiones del mercado terminaron por hacer de esta
agricultura, en los contextos económicos y sociales de los países subdesarrollados,
una actividad antieconómica, inequitativa y ambientalmente destructiva.
Pero los límites de estas vías
tecnológicas no solamente son físicos y ecológicos, sino también financieros.
Hoy se estima que se invierten cerca de 65 billones de dólares anualmente en
grandes proyectos relacionados con el uso del agua: 15 billones en proyectos
hidroeléctricos, 25 billones más en proyectos sanitarios vinculados con dicho
líquido y otros 25 billones en irrigación y drenaje. Cerca del 90% de estas
inversiones provienen de recursos internos y, primariamente, del sector
público, con frecuencia por la vía de los préstamos internacionales. Estas
inversiones representan cerca del 15% de los gastos del sector público en el
mundo (Briscoe 1999).
Estas cuantiosas inversiones han
impulsado una industria hidráulica marcada y determinada por el paradigma del
agua prevaleciente: es altamente intensiva en capital; sus sofisticados estilos
tecnológicos no se ligan con las estructuras industriales de la mayoría de
países receptores; tiene bajas tasas de retorno asociados con largos períodos
de maduración y sus tasas de utilidades son inferiores comparadas con otras
ramas industriales. Todo lo cual hace que estas inversiones sean muy escasas en
las partes pobres del mundo donde más se requieren. Y, dada la naturaleza altamente
volátil del capital financiero en esta época de globalización, lo seguirán
siendo en las próximas décadas. Difícilmente el sector gubernamental podrá
sostener el ritmo de sus inversiones en el sector hidráulico y la extrema
volatilidad del capital financiero internacional y el carácter especulativo de las
inversiones privadas dudosamente encontrarán incentivos para acudir a las
necesidades del sector eléctrico, a las de agua para irrigación y a las de agua
potable para usos urbanos en las regiones del mundo donde más se necesitan de
estas inversiones.
TERCERO:LA CALIDAD
DEL AGUA.
Pero con todo, la actual “crisis global
del agua” no es solamente un problema cuantitativo. Los problemas en torno a la
calidad del agua son crecientes (Ongley, 2001). Entre ellos figuran, en
un sitio destacado, los vinculados con la salud pública y la pobreza que padecen
grandes sectores de la población humana. Organizaciones internacionales como la
Comisión de Desarrollo Sustentable de la ONU así como otros organismos internacionales,
señalan a la contaminación de las aguas entre las principales causas de la
muerte de millones de seres humanos cada año, entre ellos, como ya hemos
mencionado, unos siete millones de niños.
Los problemas de la calidad son muy
variables entre las regiones y los países en el mundo y, en buena medida, son
los reflejos de condiciones económicas y sociales y se encuentran fuertemente
vinculados con las aguas dulces: ríos, aguas subterráneas y lagos. Algunos datos
pueden darnos una idea de las dimensiones de los problemas que confronta el
paradigma del agua cuando se lo enfoca en términos de calidad. El caso de China
puede ejemplificar dicha situación: es un país que ha emergido como una gran potencia
en el ámbito del comercio mundial en años recientes. Según estimaciones de Smil
(1996, cit. por
Ongley 2001: 14), los costos de la
contaminación de sus aguas dulces, a principios de los años 90, se estimaban en
0.5% de su PIB que, en términos monetarios, significan montos superiores al
valor de sus exportaciones totales en esos años. Para 1998, Weng(1999 cit. por
Ongley 2001: 14), estimaba entre 13% y 27% las aguas superficiales de China
contaminadas y fuera de las disponibilidades para usos humanos directos, lo que
acentuaba dramáticamente sus déficits anuales, estimados en 40 km 3
.
El hecho es que, en términos generales,
pocos países en el mundo cuentan con una infraestructura adecuada para evaluar
correctamente los múltiples problemas vinculados con la calidad del agua y, por
consiguiente, para afrontar exitosamente sus múltiples problemas a este nivel.
Lo sofisticado y costoso de las redes de monitoreo, las estructuras científicas
necesarias para obtener datos de alta calidad y para valorar los efectos de
sinergias entre las múltiples sustancias tóxicas vertidas al ambiente, el
desconocimiento de la magnitud de los efectos sobre los mantos subterráneos, la
nula capacidad para valorar las complejas y delicadas interconexiones entre
aguas continentales, costeras y marinas, constituyen aspectos no resueltos del
control de la contaminación de los cuerpos de agua en el mundo.
Según el enfoque del paradigma actual,
las infraestructuras científicas y tecnológicas necesarias para afrontar los
problemas de la calidad, se orientan al estudio de la química de las aguas de
desecho. Sin considerar los procesos y las tecnologías de producción que generan los contaminantes y sin conocer
el funcionamiento y la hidrodinámica de los ecosistemas receptores, los sistemas
de monitoreo se enfocan a la producción de datos que son muchas veces más de
los necesarios y que no reflejan la información que se necesita. Las tecnologías
y los conocimientos propuestos por la ciencia generada en los países
desarrollados para la recuperación de sistemas complejos como los ríos y los
lagos son poco aptas para las condiciones que ofrecen los ecosistemas tropicales,
además de que son prácticamente desconocidas y no se encuentran al alcance de
la mayoría las naciones. El resultado es una merma sustancial de la calidad del
agua y, por lo tanto, menor disponibilidad para los usos humanos directos y
para las funciones y los servicios ambientales necesarios para el sostenimiento
de la vida en el planeta. Claramente, estos hechos reflejan la inconveniencia
del paradigma occidental para afrontar los problemas de la calidad del agua en
el mundo. Sus procedimientos para mantener y mejorar la calidad del agua son
también costosos e ineficientes.
Desafortunadamente, estos problemas no
son reconocidos, y mucho menos afrontados por las organizaciones y las agencias
internacionales que controlan los financiamientos y las tecnologías necesarias
para el monitoreo y control de la calidad del agua y por quienes toman las
decisiones sobre las políticas hidráulicas que prevalecen en el mundo. Y lo que
es más grave: estas estructuras dominantes se orientan en la actualidad a
reforzar los estilos occidentales de afrontar los problemas de la calidad,
fortaleciendo, con ello, sus muy claras y evidentes ineficiencias para resolver
los problemas actuales de la calidad del agua.
HACIA UN NUEVO PARADIGMA DEL AGUA
Urge, pues, una nueva manera de pensar
sobre los problemas del agua y sus soluciones. Repensar los problemas del agua
significa enfrentar los desafíos que nos impone el futuro a partir de dos
nuevos paradigmas: el de la complejidad y el de la incertidumbre (Simonovich
2000).
El primero nos plantea el hecho
incontrovertible de que los problemas en torno a los usos del agua serán cada
día más complejos. Las decisiones de planificación y manejo tendrán que ampliar
sus escalas de espacio y tiempo a fin de incluir las necesidades inter e
intrarregionales y en horizontes de largo plazo que incluyen a varias
generaciones.
El paradigma de
la incertidumbre enfrenta dos cuestiones de la mayor importancia: la primera
tiene su origen en la variabilidad inherente a los procesos hidrológicos y la
segunda tiene que ver con nuestra fundamental falta de conocimientos o, más
exactamente, con los límites de nuestros conocimientos sobre los procesos que
afectan a los usos del agua y los otros recursos que integran nuestro capital
natural o biofísico.
Toledo, A. (2002). El agua en México y el
mundo. Gaceta Ecológica, (64),
9-18.
(CARABIAS LILLO, 1997)
1. Objetivo y campo de
aplicación
Esta Norma Oficial
Mexicana establece los límites máximos permisibles de contaminantes en las
descargas de aguas residuales vertidas a aguas y bienes nacionales, con el
objeto de proteger su calidad y posibilitar sus usos, y es de observancia
obligatoria para los responsables de dichas descargas. Esta Norma Oficial
Mexicana no se aplica a las descargas de aguas provenientes de drenajes
pluviales independientes.
3.3 Aguas residuales
Las aguas de composición
variada provenientes de las descargas de usos municipales, industriales,
comerciales, de servicios, agrícolas, pecuarios, domésticos, incluyendo
fraccionamientos y en general de cualquier otro uso, así como la mezcla de
ellas.
3.6 Carga contaminante
Cantidad de un
contaminante expresada en unidades de masa por unidad de tiempo, aportada en
una descarga de aguas residuales.
3.7 Condiciones
particulares de descarga
El conjunto de parámetros
físicos, químicos y biológicos y de sus niveles máximos permitidos en las
descargas de agua residual, determinados por la Comisión Nacional del Agua para
el responsable o grupo de responsables de la descarga o para un cuerpo receptor
específico, con el fin de preservar y controlar la calidad de las aguas
conforme a la Ley de Aguas Nacionales y su Reglamento.
3.8 Contaminantes
básicos
Son aquellos compuestos y
parámetros que se presentan en las descargas de aguas residuales y que pueden
ser removidos o estabilizados mediante tratamientos convencionales. En lo que
corresponde a esta Norma Oficial Mexicana sólo se consideran los siguientes:
grasas y aceites, materia flotante, sólidos sedimentables, sólidos suspendidos
totales, demanda bioquímica de oxígeno5, nitrógeno total (suma de las
concentraciones de nitrógeno Kjeldahl de nitritos y de nitratos, expresadas
como mg/litro de nitrógeno), fósforo total, temperatura y pH.
3.10 Cuerpo receptor
Son las corrientes,
depósitos naturales de agua, presas, cauces, zonas marinas o bienes nacionales
donde se descargan aguas residuales, así como los terrenos en donde se
infiltran o inyectan dichas aguas cuando puedan contaminar el suelo o los
acuíferos.
3.11 Descarga
Acción de verter,
infiltrar, depositar o inyectar aguas residuales a un cuerpo receptor en forma
continua, intermitente o fortuita, cuando éste es un bien del dominio público
de la Nación.
3.16 Límite máximo
permisible
Valor o rango asignado a
un parámetro, el cual no debe ser excedido en la descarga de aguas residuales.
Definición breve: Agua residual
municipal e industrial que recibe tratamiento como porcentaje del agua residual
generada. Unidad de medida: Porcentaje. Definiciones y conceptos: Aguas
residuales: son las aguas de composición variada provenientes de las descargas
de los usos público urbano, doméstico, industrial, comercial, de servicios,
agrícola, pecuario, de las plantas de tratamiento y en general de cualquier
otro uso, así como la mezcla de ellas (Conagua, 2011).
Referencia: Conagua, Semarnat.
Estadísticas del Agua en México. Edición 2011. México. 2011.
http://dsiappsdev.semarnat.gob.mx/datos/Agua_residual_que_recibe_tratamiento.pdf
Resumen
En México, el agua ha sido reconocida
como un asunto estratégico y de seguridad nacional, y se ha convertido en
elemento central de las actuales políticas ambientales y económicas, así como
un factor clave del desarrollo social. Lograr que todos los cuerpos de agua
superficiales y subterráneos del país recuperen su salud, aporten caudales para
satisfacer las necesidades de la población y contribuyan al crecimiento
económico y calidad de vida de la población; requiere que se mantengan limpios,
sin descargas de aguas residuales urbanas, industriales y agrícolas que los
contaminen y afecten más allá de su capacidad natural de asimilación y
dilución. En este documento, se presenta una visión global de la situación
actual en materia de tratamiento de aguas residuales a nivel nacional. Se
presentan las líneas de acción que el Gobierno de México se planteó en la
materia, así como el marco normativo y jurídico vigente a fin de contribuir al
logro de las metas planteadas. Además se muestran las coberturas de tratamiento
que se presentan a finales de 2012, su evolución histórica, las proyecciones
para los próximos años y las acciones e incentivos que el Gobierno ha
implementado para mantener en operación la infraestructura de tratamiento e
incrementar el reúso e intercambio de las aguas de primer uso por agua residual
tratada. Como situación particular, se presenta el caso del Valle de México, en
donde grandes obras de infraestructura se desarrollan para tratar de disminuir
la contaminación de los cuerpos de agua y la presión hídrica actual. Adicional
a lo anterior, se exponen las diversas fuentes de financiamiento disponibles
para el desarrollo técnico del subsector, haciendo énfasis en lo invertido
directamente en saneamiento. Finalmente se presenta la perspectiva hacia el año
2030, planteando diversas acciones que resultan necesarias a fin de elegir una
situación deseable en el tratamiento de aguas residuales y los retos que
enfrenta la administración para el sexenio 2013- 2018.